Aproximación a las raíces del conflicto en Oriente Próximo – Rebeca R.H.

Tras una primera mitad de siglo marcada por el fin del Califato y el impacto de la partición del Oriente Próximo, cifrada en el nacimiento de nuevos Estados-nación sujetos a la tutela colonial anglo-francesa durante el llamado “primer periodo liberal árabe”, el desenlace de la segunda guerra mundial inaugura un convulso periodo dominado por el repliegue de los imperialismos británico y francés y la irrupción de la guerra fría, tras la crisis de Suez, en un escenario próximo-oriental atravesado por tres ejes principales: la constitución del Estado de Israel y la Nabka palestina, la subsiguiente propagación del nacionalismo panarabista y la polarización del sistema regional en el marco de la propia “guerra fría árabe”.

La proclamación por David Ben Gurión de la independencia de Israel y su soberanía sobre todos los territorios del mandato británico de Palestina, haciendo caso omiso de la partición en dos Estados prevista en la resolución 181 aprobada por la ONU, el instantáneo reconocimiento por el presidente Truman del nuevo Estado sionista y el enfrentamiento bélico de 1948 constituyeron el preludio tanto del inconcluso conflicto arabo-israelí cuanto de su conversión en una suerte de guerra por delegación entre los respectivos tentáculos militares de las dos nuevas potencias llamadas a dominar el escenario internacional. La derrota ante el Estado judío señaló el comienzo del via crucis del pueblo palestino y puso de manifiesto las tendencias particularistas presentes en el seno de una recién creada Liga Árabe, cuyos miembros mostraron un menor interés en la salvación de sus hermanos que en la preservación del equilibrio de poder existente o incluso en el ensanchamiento de las fronteras de sus propios Estados a costa de Palestina, tal como revela la anexión por los reinos de Transjordania y Egipto de los territorios de la orilla occidental del Jordán y de la franja de Gaza, respectivamente.


El desastre palestino y el establecimiento del Estado de Israel constituyeron asimismo el motor de una serie de transformaciones sociopolíticas de gran calado. La desazón generada por el fracaso incidió en el descrédito de las viejas élites políticas y en la eclosión de un tropel de grupos radicales cuyo espectro ideológico abarcaba desde el credo islamista de los Hermanos Musulmanes hasta el ideario de los partidos comunistas, pasando por el nacionalismo árabe de los jóvenes oficiales del ejército, sectores que compartían el descontento con unos regímenes clientelistas y oligárquicos caracterizados por su escasa representatividad, por el carácter importado de su aparato institucional y por su incapacidad para romper los vínculos con la ex-metrópoli. El programa destinado a encarnar la causa de la recuperación de la pasada grandeza árabe sería el pergeñado por la organización secreta de los oficiales libres egipcios, encabezados por Gamal Abd al-Nasser, cuyo golpe de Estado contra la monarquía del rey Faruq en 1952 inauguró una prolongada etapa de regímenes republicanosrevolucionarios de inspiración socialista y vocación panarabista que, bajo el ascendiente del nasserismo, se expandirían a buena parte de los Estados vecinos en la década de los sesenta: al Túnez burguibista, a la Argelia del FLN, a la Siria y el Irak ba’zistas, al Sudán de Numeyri y a la Libia de Gaddafi. El horizonte común de dichos regímenes monopartidistas y personalistas se articularía en torno a la fórmula enunciada por el dirigente egipcio: “destrucción de los regímenes árabes corruptos que facilitan el camino al colonialismo y restauración de la unidad para permitir a los árabes luchar conjuntamente contra el imperialismo del que depende Israel para su supervivencia”. Su propuesta populista y modernizadora de construcción nacional, fundada en el doble pilar del autoritarismo militar y el dirigismo económico como catalizadores de la restitución de la dignidad nacional y de la redistribución de la riqueza a través del Estado Providencia, encerraba un componente secularizante que tendía a diluir la conciencia islámica en la mística de la arabidad. Una lógica que chocará con los movimientos islamistas capitaneados por los Hermanos Musulmanes de Sayyid Qutb y su homólogo sirio Mustafá al-Sibaí, perseguidos por los regímenes nasserista y ba’zista mas instrumentalizados por el wahhabismo saudí en el marco de una “guerra fría árabe” inserta, a su vez, en el supraescenario bipolar de la “Guerra Fría”.

El sistema regional árabe quedará así fragmentado en dos bloques rivales: el bando de los Estados nacionalistas-revolucionarios, auspiciados por la URSS y acaudillados por Egipto tras el fracaso de su intento de afiliación al Movimiento de Países No Alineados; el eje monárquico-conservador, patrocinado por los EEUU, adherido a la doctrina Eisenhower de contención del comunismo en la región y liderado por la petromonarquía saudita, promotora de un sistema islámico contrapuesto al nasserismo panárabe. Una ideología que, a pesar de hitos tan señeros como la nacionalización del canal de Suez, la independencia de los países del Magreb, el derrocamiento de la monarquía hachemita en Irak, la creación de la República Árabe Unida o la constitución de la OLP, evidencia una inconsistencia reflejada en las contiendas fronterizas entre los nuevos Estados magrebíes, en la negativa de Irak a integrarse en la RAU y la rápida disolución de la misma, en la guerra del Yemen y, sobre todo, en la insuficiencia a la hora de articular un sistema capaz de evitar el desastre representado por la derrota ante Israel en la guerra de los seis días, verdadero punto de inflexión en la historia de la región.

Se abría entonces una nueva etapa extendida hasta 1979 y vertebrada alrededor de tres ejes fundamentales: la relativa decantación de la balanza geoestratégica en favor de unos Estados Unidos resueltos a convertir a Israel en la gran potencia militar de Oriente Próximo, beneficiados por la revisión a la baja por parte de los dirigentes soviéticos de su intervenciónen los asuntos de la región y fortalecidos por la decisión de Anuar al-Sadat de efectuar un cambio de alianzas, abandonando al tradicional aliado egipcio, un giro estrechamente vinculado con la segunda clave del periodo: la quiebra definitiva del panarabismo tras la desaparición de Nasser, con una desnaserización del régimen a manos de su sucesor cifrada en el viraje neo-liberal de su política económica y en una sustitución de la ideología arabista por otra de carácter estatista plasmada en la defección del país promotor de la unidad panárabe y encarnada en la firma de los acuerdos de Camp David con el lider del Likud, a instancias de Henry Kissinger. Quiebra del panarabismo que se halla en la base del surgimiento de organizaciones autónomas como la Al-Fatah de Arafat o el FPLP de Habash, concebidas con el fin de relanzar una causa nacional palestina librada a su suerte y convertida en un nuevo elemento desestabilizador en el seno de los Estados árabes vecinos, tal como se puso de manifiesto tanto en el conflicto del septiembre negro y la subsiguiente expulsión de los guerrilleros palestinos de suelo jordano cuanto en el recrudecimiento de la guerra civil libanesa con la implicación de milicianos palestinos. Fenómenos que propiciaron el desplazamiento del centro de gravedad del sistema árabe de El Cairo a Riad, provocando una vuelta de tuerca en favor de los regímenes conservadores amparados por EEUU, propulsada por el tercer eje del periodo: el poder de los países productores de crudo, con Arabia Saudita a la cabeza, como protagonista del relevo de los barones petroleros occidentales por los jeques árabes del petróleo y como líder del cártel internacional de la OPEP puesto en marcha por Abdullah al-Tariki. Un poder que sería empleado como arma estratégica destinada a forzar a unas potencias industrializadas cada vez más dependientes del petróleo a revisar su actitud respecto al conflicto árabe-israelí, tal como sucedió en la guerra de Yom Kippur.

1979 sería testigo de dos acontecimientos trascendentales en el devenir del mundo arabo-islámico y en la evolución de la guerra fría: la revolución iraní y la invasión soviética de Afganistán, fenómenos que marcarían el inicio de un periodo dominado por la irrupción del islamismo radical, la consiguiente conversión de la guerra fría árabe en guerra fría islámica y la reactivación del conflicto geopolítico entre las dos superpotencias. La instauración de un Estado islámico con vocación expansionista por la revolución jomeinista desencadenó profundas modificaciones en las relaciones regionales y globales que se tradujeron en el estallido de la cruenta guerra entre el Irán chií y el Irak de Sadam Husein, apoyado tanto por la Arabia sunní cuanto por unos EEUU alarmados por la desaparición de un pilar clave de su influencia con motivo del derrocamiento del régimen del Sha y decididos a desarrollar un “Marco de seguridad para el Golfo Pérsico” ante la agudización de la conciencia de la dependencia del petróleo de la región como resultado de la segunda gran conmociónpetrolífera provocada por la propia revolución iraní. La creación de la República Islámica, la exacerbación del antagonismo entre ésta y los EEUU provocada por la primera guerra del Golfo y la invasión israelí del Líbano con el fin de expulsar a la OLP constituirían el caldo de cultivo para la aparición de un nuevo movimiento islamista chií, la milicia Hezbollah, fruto de los campos de entrenamiento iraní, al tiempo que convertirían el polvorín libanés en una contienda regional que enfrentaría a la peculiar entente formada por la Siria baazista, apoyada por la URSS, el Irán islámico y la comunidad chiita con la alianza integrada por el Estado judío, los EEUU y los falangistas maronitas. Si el Líbano había sido el semillero de la yihad chiita, Afganistán se convertiría en la escuela de los voluntarios árabes sunnitas emplazados por el jeque palestino Abdullah Azzam para combatir al comunismo ateo y a los invasores soviéticos de la mano de unos muyahidines afganos entrenados y financiados conjuntamente por la CIA y su socio saudí, con el apoyo logístico del gobierno de Pakistán, dentro de una estrategia geopolítica diseñada por Brzezinski con el fin de crear un nuevo Vietnam para los soviéticos. La influencia de la yihad afgana habría de extenderse como una mancha de aceite en el mundo árabe, incidiendo en la formación del Frente Islámico de Salvación argelino, en la creación de Al-Qaeda, en el fortalecimiento de los Hermanos Musulmanes egipcios, en la guerra civil desencadenada por su rama siria contra el gobierno de Hafez al-Asad y en la aparición de un nuevo movimiento islamista palestino llamado Hamás, enfrentado con las fuerzas nacionalistas laicas del Mando Nacional Unificado en razón de su voluntad de hacerse con el control de la primera Intifada.

Ese resurgimiento del islamismo radical en la década de los ochenta se halla relacionado con el fracaso del nacionalismo arabista y la erosión de las fuentes de legitimación de los modernos Estados poscoloniales, incapaces de frenar el expansionismo israelí, reacios a impulsar una modernización política basada en la superación de la concepción patrimonialista y autoritaria del poder, desautorizados por el incumplimiento de sus promesas de independencia y desarrollo económico, desacreditados por los efectos del desmantelamiento del Estado protector sobre una población golpeada por la crisis económica, la acelerada urbanización y el desarraigo, debilitados por el eclipse de las identidades panarabista o nacionales con el refulgir de un panislamismo basado en la recuperación de la tradición islámica frente a la modernidad de un Occidente, imitado mas odiado como corresponsable de la creación de ese Estado-nación y de la quiebra de una unidad musulmana que se aspira a reconstruir con el retorno a una mitificada umma entendida como fuente de la autorrenovación y restablecimiento de la gloria pasada, de la nivelación social, de la superación de las divisiones clánicas, étnicas o estatales.

La implosión de la Unión Soviética señalaría el deceso del marxismo y del socialismo realmente existente, el paso de la bipolaridad a una nueva era de unipolar hegemonía estadounidense -patentizada en la guerra desencadenada en el Irak de Sadam Husein tras la ocupación de Kuwait-, la supremacía de las consideraciones económicas respecto a las geoestratégicas en la nueva política exterior norteamericana -con el propósito expreso de asegurarse el control del petróleo del Oriente Próximo y las consecuencias de esa nueva orientación en unos Estados privados de las anteriores rentas estratégicas obtenidas de las superpotencias-, y, en fin, la sustitución de la cruzada antisoviética por la nueva doctrina del choque de civilizaciones y la extensión de la mancha de aceite del islamismo radical hasta el corazón mismo del nuevo imperio.

Rebeca R.H.

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