Los antisistema también somos de Dios

No me acuerdo de la fecha exacta ni voy a perder tiempo en mirarla. Yo estaba en 3º de Derecho y España había mostrado su apoyo público a participar en la Guerra de Irak.
Aquella foto en las Azores significaba más de lo que parecía. Blair ya pidió perdón por aquello; los otros 2 …, en fin.
Mi posición política en aquel momento era muy clara: No a la Guerra. No iba a consentir bajo ningún concepto -en virtud de mis capacidades- aceptar que España entrara en Guerra. Sé que es en principio un negocio muy lucrativo y que beneficiará a ciertas relaciones politico-económicas, pero ¿no es eso justo vender el Alma al Diablo? ¿No vendió nuestro Presidente el Alma de España al diablo de La Guerra? Una Guerra que nada tenía que ver con nosotros. Yo creo que sí.
En la carrera ya había estudiado el concepto «desobediencia civil pacífica» en Teoría del Derecho y era el momento de aplicarlo, bajo mi punto de vista y mis propias convicciones.
Estaba dispuesto a asumir cualquier responsabilidad que mis actos produjeran. No me importaba en absoluto sufrir daños físicos o que me privaran de mi Libertad; contra lo que protestábamos era mucho más importe que eso. Así lo creía y así lo creo. En mi cabeza sonaba León Felipe:
<<Y cuando la justicia,
herida de muerte, nos llama a
todos,
a todos los hombres,
en agonía desesperada,
nadie puede decir:
Yo aún no estoy preparado>>.
Y allí estábamos a las 16 h en la Glorieta de Embajadores con nuestra lanza rota y nuestra visera de papel.
Éramos varios grupos los convocados al acto: de facto unos 30 veintegenarios -que creían que una Guerra es lo peor que le puede pasar a nadie- y una camioneta con megáfono. Nuestro grupo era IDEA (Iniciativa De Estudiantes Asociados) y éramos 4 gatos, tal cual. Los de la camioneta eran de la casa okupa El Laboratorio que eran los encargados de ir anunciando el acto de desobediencia civil:
«Esto es un acto de desobediencia
civil
pacífica
contra La Guerra y para salvar el Laboratorio.
¡El Laboratorio se queda en Lavapies!»
Nuestro objetivo: tomar El Paseo del Prado sin autorización hasta coincidir con la manifestación oficialmente convocada a las 18 h. en Neptuno.
No sé si sentí más miedo o verguenza. Éramos tan pocos que era ridículo. Pero lo conseguimos.
Salimos a las 16 h. marchando por la Ronda de Valencia, tomando la calle hasta la Ronda de Atocha. La camioneta iba a la vanguandia, nosotros a pie gritábamos «no nos mires, únete!» ,»No a La Guerra», al ritmo de los timbales. Y en la retaguardia iba el grupo que nos dió el éxito; un grupo de feministas revolucionarias que vestían de rosa con paraguas rosas y gritaban: «El mundo de rosa es otra cosa». Eran poco más de una docena, pero cuando todas desplegaban sus paraguas y se ponian en formación conseguían hacer de stop en la via pública.
Así recorrimos la ronda de Atocha y conseguimos juntar a unas 100 ó 150 personas en ese trayecto. Pero llegaba en momento clave: cortar la Plaza del Emperador Carlos V: qué verguenza, éramos tan pocos… Pero las chicas con sus paraguas avanzaron para cortar la entrada por el Paseo de la Infanta Isabel y en ese momento cuando ya sonaba el helicóptero de la Policía en nuestro cogotes, aceptaron que cortáramos el Paseo del Prado y en este entramos. Allí «las chicas de rosa» leyeron su manifiesto y cada uno siguió su manifestación.

Esta anécdota prescrita que narro fueron 2 horas de aquellas semanas de protestas contra La Guerra. Desde un punto de vista, el mío. Y, aunque me alejara del marco legal constituido, creo que mis tutoras de EGB del Santo Ángel de la Guarda, que me enseñaron la virtud de obedecer, hubieran coincidido en que en aquellos días desobedecer era lo propio. NO A LA GUERRA

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